Los "Ratchatchas" de la Caille

Line Capon, apodada la Caille (la Codorniz), nació en 1922. Su arte para relatar y su memoria infalible le han permitido transmitir innumerables episodios, a veces cómicos (que ella llama “ratchatchas”) de la vida de Shantidas y Chanterelle y de su gran aventura comunitaria.

Música

Lanza del Vasto - Line Capon, apodada la Caille (la Codorniz)
Line Capon, apodada la Caille (la Codorniz)

Chanterelle me contaba: “Cuando Laurent, mi padre, desposó a Juliette Fraggi, de familia judía ¡causó escándalo en casa de los Gébelin! Pero es en la familia de madre donde se vivían las Bienaventuranzas – me confió más de una vez–  comparándolo con las fricciones del lado católico. De niña esto me hacía pensar. “Un día que volvía de la catequesis –obligación en el contrato de matrimonio. Mi madre leyó en mi mirada una indecible angustia.­– “¿Pero qué te han enseñado?” Callaba (“fuera de la Iglesia, no hay salvación”), – “¿Pero qué ha dicho este cura?” Callaba (horrible, el cielo sin mi madre). A fuerza de amor y tacto, acabé por confesar con dolor y en lágrimas. Alzó los hombros – “¡Qué estúpidos!”.

Mis padres se adoraban. Sus únicas discusiones fuertes eran sobre religión. Acabaron por no practicar más tanto el uno como el otro. La Música, la Gran Música se convirtió en su religión más allá de los dogmas. Madre cerraba el día cada atardecer sentada al piano con Jesús, alegría de los hombres de Juan Sebastián Bach.”

Una casualidad, dicen (Marsella, hacia1940)

En una reunión de jóvenes, Luc Dietrich, algo fanfarrón, declaró: “Nadie conoce mejor que yo las canciones populares, me sé todo el repertorio. – Sí, dijo alguien, yo conozco una muchacha… – ¿quién es? picándose al oírlo, anotó el nombre y la dirección para lanzarse al desafío: Simone Gébelin, en el 77, calle Saint-Ferréol. Se presentó a la puerta y preguntó por Mademoiselle Simone. “¿Pero quién es este joven desconocido– Luc Dietrich­– que desea ver a mi hija? se preguntó Mme Gébelin, madre de Simone (aún no era Chanterelle). La esperaba sentado en una butaca del salón todo erguido y con una actitud muy extraña. Chanterelle supo después que para aliviar su intimidación estaba practicando el “recordatorio”. Se levantó un poco torpe, y con vehemencia: – “Señorita… vengo… para una confrontación”. Y se explicó. ¡Un concurso de cantos populares!, Chanterelle se echó a reír, corrió a por sus partituras, y se sentó al piano. Se inició un duelo al piano, realizando virguerías por igual. – “Y esto, ¿lo conocéis? – ¡Sí, sí lo conozco!”… Luc tenía muchas exigencias, Chanterelle estaba impresionada. “Os tengo que presentar a mi amigo” decía de vez en cuando. Pero ella pensaba: “¿Qué me importa a mí su amigo?” Era Luc, por ahora,  el joven apuesto. Entonces entonó: – “Oh hermosa en la fuente, tengo sed de un poco de tu agua. Se rió altiva…– No la conozco dijo Chanterelle. – He hecho un poco de trampa, no es un canto popular sino una composición de mi amigo” – confesó. Luc debía partir dentro de poco y le dio tal domingo una cita en la estación St Charles. Pero en aquella época era inconcebible para Chanterelle que tenía más de treinta años, quedarse a solas con un hombre. Se hizo pues acompañar por una amiga músico, el motivo del encuentro siendo la entrega de unas flautas y partituras.

Pero en la estación se encontraba su amigo: era Lanza. Allí fue donde le vio por primera vez. El tren que se llevaba a Luc había partido, la amiga se eclipsó (misión cumplida). Encontrándose a solas con Lanza en el andén, Chanterelle dijo: “tengo que ir a misa”, para poder desaparecer, pero cuál no fue su sorpresa cuando respondió él con toda calma: “yo también…” No era lo habitual entre los hombres de su entorno. Asistieron juntos a la misa, en una iglesia que me mostraría más adelante, y allí una sutil armonía se deslizó entre ellos. Fue pues gracias a Luc y por las canciones que se inició el encuentro entre Lanza y Simone, aquella que sería Chanterelle. Más adelante, Lanza acudió calle St Férréol para el repertorio elogiado por Luc. El primer aire lanzado con alegría al piano por Chanterelle: “ya está aquí la San Juan, el día hermoso…” le paró en seco, petrificado. – “¿Porqué me mira así?”– le dijo riendo con su vivacidad provenzal. Lanza llevaba el Arca como un germen no sabiendo aún cómo encarnarlo, pero ya sabía que San Juan Bautista sería el símbolo y el patrón del Arca.

Aún hoy día se entona este canto alrededor de la hoguera de San Juan y bailamos juntos entre la humareda y las pavesas…

Dichoso aquel (Marsella, 1941-1942)

Chanterelle me cuenta: “Ahora Lanza venía a merendar cada semana a nuestra casa y nos honraba notablemente teniendo en cuenta las restricciones de la guerra. En el fondo, ¿de qué vivía? A veces me sorprendía: “Hoy es viernes, ayuno…No gracias”. Entreveía paso a paso quién podía ser. La cifra de las cosas acababa de salir a la luz en la editorial marsellesa Laffont y me lo regaló. Me llevaba cuidadosamente el libro bajo el brazo para compartir su descubrimiento con Vera, la esposa de René Daumal, que estaba enferma. Vivía en Allauch, un monte con sus molinos detrás de Marsella. Mientras subía por el camino, para preparar el encuentro, abro el libro al azar y caigo sobre “La Viña”. La última estrofa decía así: “Dichoso aquel que gusta del vino prometido”… Una nota vibró en mi interior y mientras subía hacia los Molinos, continué “… al vino de sangre, y viviente conoce el bálsamo”…Una música me penetró, el aire me vino de un tirón. “…la cabeza reclinada en el seno del solo Amigo. Pues beberá el vino en el Reino, beberá el Amigo, lo beberá en su palma. ¡Dichoso aquel!”. Al llegar a casa de Vera, ¡el canto había nacido!

Nota de la Caille: René Daumal, escritor genial, demasiado poco conocido, encarnación de la búsqueda espiritual, muerto prematuramente. El gran juego, editado por Gallimard. El Monte análogo y otros textos editados por Seghers y por Dervy.

Escritura de la Pasión. Misterio de la Pascua (Tournier, 1950)

Lanza y Chanterelle estaban en Bruselas en el mes enero para una gira de cantos. Ausencia de diez o quince días. Regresaron exhaustos por las heladuras del norte. ¡Menos cincuenta grados! Además vegetarianos y pobres en un contexto carnívoro, cocinaban en su habitación en el indispensable fogoncito de alcohol y comían sobre todo patatas hervidas con aceite – ahorrando así algo de dinero.

Chanterelle estaba acostumbrada pero Shantidas volvió con una mano violácea – la derecha, si no recuerdo mal – ¡hinchada hasta la muñeca por un forúnculo enorme! Nos dijo enseguida: “Estoy aterrado…tengo un pedido para la ORTF (radio-televisión de entonces) para un misterio de la Pascua y no he escrito un solo renglón todavía. Con esta mano inepta para trabajar, os pido permiso para retirarme de la vida comunitaria y encerrarme en la habitación para escribir.” Se aventuró con coraje en la obra, al principio sin inspiración; luego le vino por el esfuerzo y la perseverancia hasta que le invadió. Y nos lo dijo sólo mucho tiempo después para darnos ejemplo.

Se le enviaba a la Caille cada mediodía con un plato de sopa. Lo saboreaba. Auténticas verduras bio antes de tiempo (estamos en 1950), cocidas a fuego lento en el caldero del hogar (convertido más adelante en una gran maceta de flores ignorada sobre un murete de la Borie-Noble). Aún débil, enrollado en una manta, escribía en la cama sobre una tablita de madera, su escritorio portátil de bordes cincelados. Y tras una semana pudo bajar a la cocina – nuestro único espacio comunitario. Apoyándose sobre el baúl, con su larga capucha blanca, nos entregó sus preámbulos. Realmente sorprendentes: poesía elevada, extravagancias flamencas (su madre era de Anvers) estilo Jérôme Bosch en cuanto a los diablos.

Así, semana tras semana, bajaba a leernos sus páginas-sorpresa; las descubríamos a la vez que los roles que nos dedicaba. Chanterelle: la virgen. Gazelle: María Magdalena y también un demonio danzante. Jean-Pierre Lanvin: San Juan. La Caille: Verónica. El Padre Vaton: el hombre honesto. André « Toro »: Judas. Un mal ladrón a medida para Marc « el oso polar ». Edith « la ratita »: la mujer honesta, y muchos más aún. Se me olvidaba: además de los papeles que íbamos a representar en los bosques, actores improvisados pero meditadores, el único profesional era “el lobo” – papel insustituible del Diablo. Por supuesto el papel del Cristo le tocaba a Lanza. Luego venían los ensayos de los cantos: gregoriano, Palestrina, Vittoria, Renacimiento italiano. Trabajo ingrato y exigente para Chanterelle. ¡Si bemol! ¡Y yo que ni siquiera tengo oído para los semitonos! ¡Una ofensa…! ¿Y qué pasa con el trabajo cotidiano y agrícola?

Llegó el día de la representación. Era en el exterior. Hacía buen tiempo. Bajando por la pradera detrás de la casa, la primera Estación se paró en la linde de una pineda. Introducción lírica, la Agonía, las invectivas del Diablo (“el lobo” todo oscuro, encapuchado como un terrorista) y los pecados colorados bailando con Gazelle, y los coros reanudando. Caminábamos… con paradas para las demás Estaciones, entrecortadas por cantos o poesía elevada. Alcanzamos para el último episodio esta loma (el cerro San Juan) donde están plantadas las tres cruces. Mi más hondo recuerdo es el final. La Pietà, tan a menudo figurada en escultura o en yeso, hela aquí más parlante con personas vivientes aunque esté solamente simbolizada. Shantidas en traje blanco es el Cristo yaciente sobre las rodillas de su madre, la corona de espinas con suma delicadeza retirada. Gazelle como María Magdalena, desconsolada con su larga cabellera, grita: “¡oh llagas, rubíes de ardiente sabiduría…!”. Ya no estamos en una representación.

“¡Oh tú que pasas por el camino, ven y ve si hay dolor parecido al mío!” Admirable “O vos omnes” de Vittoria. Chanterelle saca su diapasón y, reteniendo sus lágrimas, murmura en un soplo: “Escondedme…”. La rodeamos para protegerla, y damos la espalda a los visitantes, amigos a veces venidos de lejos, vecinos, entre ellos el profesor M. Pèlerin (sic), la familia emparentada, los Fauconnier. El “O vos omnes” tan a menudo repetido se eleva armoniosamente. El Aleluya de la Pascua estalla y el yaciente pega un salto. Un poco más tarde: “¿no quedó algo caótica la última estación, la Pietà?”, pregunté confesando mi malestar a Pierre “el fiel”, amigo de siempre. “¡Oh, era una composición digna de admiración, un cuadro!” Inesperado. Así, sin quererlo, un ángel pasó, mudando nuestros gestos en belleza. Efímera belleza que las artes captan tratando de fijarlas. Como lo ignoraba, me hubiese gustado verlo desde fuera.

La Pasión representada en Saint Sèverin (París, primavera1950)

La parroquia de Saint-Séverin acaba de invitar a la pequeña colmena de Tournier para representar la Pasión en su iglesia parisina. ¡Menuda epopeya! ¡Tres días de representación!, una semana de ensayos, y un autobús puesto a nuestra disposición para el trayecto. Seremos alojados en hogares o en casa del párroco. Se podrán coger a figurantes del lugar. Con ardor Shantidas talló en madera las máscaras de los siete pecados capitales, las pintó, confeccionó el vestuario y ensayamos.
Primera escala del viaje: Poitiers. Shantidas quiso hacernos admirar Notre-Dame La Grande, “la más bella iglesia románica de Francia…esculpida como una concha”. ¿Pero quiénes son éstos que descienden del autobús? Indefinibles marginales, ¿de qué siglo?, ¿de qué país?, ¿gitanos? Estupor de los transeúntes que hizo pronunciar a Madre Lanza estas palabras: “Venid, Marie-Thérèse Fauconnier, hagamos como si no los conociéramos” Nuestra propietaria y amiga Marie-Thérèse me lo contó más tarde riendo. Tenía aires de mujer santa y traía sus preciosos motivos decorativos, para los velos… ¡y para que quedase “Antiguo Testamento”! La vestimenta, la compostura, siempre han planteado problemas, no solamente en el Arca; su significación evidente o contestataria, afirmación de identidad o ruptura con la sociedad. La vestimenta nunca es algo neutro.
De los ensayos guardo pocos recuerdos salvo que la exactitud no era lo propio de los Compañeros. Los coros de Radio-France, puntuales, ya están sonando, y helos aquí que van llegando relajados, con un buen retraso. Shantidas entró en una de sus raras pero renombradas cóleras. Había que devolver el lugar para el culto.

Pero la antevíspera del Estreno, ensayo memorable de una escenita secundaria: Shantidas todo de blanco, al fondo de la nave, representa al Cristo en cruz. Irrumpe un desconocido, centurión del círculo juvenil de la parroquia, con este pequeño texto por decir: “atraviésalo de tu lanza para estar seguro…” Pero por un infortunado hilo atravesándole la lengua, pronunció: “atrafiézalo con tu lanza para eztar zeguro”, con un gesto soso… Shantidas saltó de su cruz y se abalanzó, imperioso. “¡No, amigo mío, así no!…ponte en mi sitio”. Y convertido en centurión, lo mima articulando cuidadosamente y de un gesto certero, expulsa la lanza – un palo. “Retoma”. El pobre pequeñuelo redobla el ceceo, tan espantado estaba. “Azrr..anza….” y más torpe aún, apunta el costado, ¡pero le pincha al cuello! Entonces, en pánico, envía la lanza al aire, tan lejos que atraviesa el coro para hacer “bing” en el banco de la comunión (esto antes del Concilio). ¡Una catástrofe! Y pensar que todo París lo anunciaba este espectáculo: pósters, radio, metro. “La Pasión por Lanza del Vasto!” ¡oh-là-là !

Ambas madres (de Lanza y de Chanterelle) seguían los ensayos. Madre Lanza susurra a Mami Gébelin. “Sabes, Juliette, siempre sostuve a mi hijo en los momentos difíciles, pero hoy me siento acobardada”. Hay que devolver el sitio, y saliendo por el claustro, Madre se cruza a un vicario: “¿Qué opina Padre?”. “¡Oh Señora, irá, irá!”

¡Es la noche del Estreno!
El coro y la nave de Saint Séverin iluminados por las velas. Subrayan mejor la belleza gótica de los arcos y de las piedras. Ya llegan, antes de tiempo, los primeros espectadores. En la penumbra de una pequeña ábside, sorprendo la alta silueta de Shantidas. Una lamparilla. Reza de pie ante el Santo Sacramento como un guerrero entregado. Hay tantas incertidumbres… Se han transformado en gracias. La belleza del texto y la del lugar se han conjuntado para darnos apoyo. Desde la danza de los diablos en el coro entrando por las filas de bancos, hasta los súbitos recogimientos…Elocuencia sin palabra.

Fueron tres representaciones, una de ellas gratis si no recuerdo mal. ¡Se me olvidaba!: un centurión de última hora, providencial, salvó el papel brillantemente. Algunos figurantes mudos se me han quedado en la memoria: Pierre “el fiel”, magnífico José de Arimatea, y un joven rubio, André Guérini (ignorábamos entonces su nombre), que venía a los ensayos para vernos. Se le empleó como Nicodemo. Nicodemo por aquí, Nicodemo por allá, y se embarcó en el autobús hacia Tournier y la aventura del Arca… ¡donde conservaría el nombre de Nicodemo! Madre, a la salida, apaciguada, radiante, vuelve a toparse con su vicario del claustro: “Usted lo dijo bien, Padre: ¡irá, irá!”. “¡oh, Madame, en aquel momento no creía en ello!”.

Un libro nace (La Chesnaie, invierno 1955-1956)

Trasladémonos cincuenta años atrás en el tiempo. Debemos establecer un horario para la semana bíblica con el Padre Monier. Nosotros: una mayoría de jóvenes célibes y dos parejas con bebés. Nosotros: sospechosos para las iglesias establecidas; ¡he aquí un espiritual atrevido! Pues la No-violencia, la ecología, el diálogo interreligioso, el yoga y todas estas insólitas prácticas todavía no han penetrado el tejido social. Somos como plantas adventistas en terreno ingrato, novicios que están por reinventarlo todo: lo que hoy puede parecer evidente era entonces un ir a tientas. ¡Un horario! Cuántos palabros y reuniones para conciliarlo todo. El trabajo de media jornada, las tareas de la casa: turnos de cocina, bebés, limpieza, la colada…
Al fin estamos de acuerdo. Pero la víspera, el Padre Monier, indispuesto, anula su visita. Para no malgastar tantos esfuerzos, Shantidas propuso sustituirle a libro abierto, como Chanterelle descifrando el aperto libro gregoriano.
Los primeros días nos aclaró el Génesis de su amplio prisma. ¡Pero esta mañana lleva un buen retraso! Por fin se abre la puerta: da tres pasos y su rostro de una turbación contenida: “me ha ocurrido una desgracia esta noche…Odio a Jacob, no puedo continuar, ¡lo dejo!”. Nos quedamos pasmados. Por suerte estábamos sentados.

En plan gran director de escena, nos relee en Génesis 27, 18 la bendición sutilizada. El padre viejo, ciego, yaciente, burlado, y Jacob disfrazado por su madre trayendo el plato. –“¿Quién eres hijo mío? – Yo mismo, Esaú, tu primogénito…” Para un gandhiano era intolerable, aberrante. “He buscado en vano una explicación entre los Padres de la Iglesia, hurgado en otros textos. Sin respuesta.” Y más lejos, prosiguiendo la lectura después del misterioso combate con el ángel, la escalera, el sueño, Shantidas, parafraseando la conclusión de Jacob: “si me das esto, y aún aquello…entonces sí, el Señor será mi Dios” (Génesis 28, 20). – “¿Lo entendéis?, ¡esto es regateo! ¡Odio a Jacob!” El destello azul de sus ojos, la barba erizada, la yugular enrojecida, Shantidas, frenético, daba la medida del odio de Esaú.
– “Pero, Shantidas, si Dios le amó…”, murmuró Chanterelle. La oyó. Era la reacción en caliente de una lectura literal. Pudo reanudar al día siguiente al encontrar en San Agustín la frase salvadora: “¡Jacob no era pérfido!”.

El retiro se acabó… ¡Pero no para Shantidas! Con el crecimiento de las aguas, ya no podía volver a cerrar la esclusa. El beso de paz dado tras la plegaria de la noche, se quedaba solo en la sala común, escribiendo a la luz de vela, una manta echada al hombro (el breve invierno es glacial en el valle del Ródano, y había una sola estufa al pie de la escalera para toda la casa). Se quedaba a veces la noche entera sin un careo ni un auditorio juvenil a disposición. Su pensamiento se densificó, a veces un bloque… Pero según su costumbre, nos leía largos extractos, en el nacimiento de sus páginas, antes de que el libro se publicase. Así nació La subida de las almas vivientes, comentario de los tres primeros capítulos del Génesis.
Interesante, su visión y análisis son para tenerse en cuenta en los nuevos debates que oponen creacionistas con todos los defensores de la evolución y el intocable Darwin. Todo vuelve a empezar, es la ley de la espiral.

Apéndice: ¿Porqué Jacob? ¿Esta elección que sólo pende de un hilo? El irrumpir de lo divino deslizándose entre la espesura humana. Enigma divino. Constatamos solamente sus repercusiones a través de la Historia. Los sabios de Israel, los comentarios rabínicos, el Talmud, los poetas como Claude Vigée, las Iglesias, han explorado estos abismos. Deberíamos nosotros también aventurarnos a una inmersión pues es dicho: “Protéjate el nombre del Dios de Jacob” (salmo 20,2)
“Éste es el linaje de los que le buscan, de los que buscan la faz del Dios de Jacob” Salmo 24,6)

Muchos años después, treinta tal vez, le dije a Shantidas: “¿os acordáis?... “me ha ocurrido una desgracia…” Rió al recordarse a sí mismo, había olvidado este episodio, ¡y tal vez también el haber sido visto!

La plegaria del fuego

La estancia más lúgubre de la casa, un almacén de viejos muebles apilados se ha transformado en un lugar de recogimiento, encalado de ocre rojo (color que se encuentra en el Sur tan querido por Lanza). Su parquet irrecuperable se volvió más claro y encerado a fuerza de pequeñas penitencias. ¡No es broma! Los brazos en cruz (por una falta conocida o no) se transformaron juiciosamente en un echar “un rato en la tarea del hogar” rascando enérgicamente el parquet con estropajo metálico y fuera del horario.

Ahora el “hogar” nos acoge con su mesa de leones (uno de ellos sólo insinuado todavía), con el marfil-roca de Noé, el perfumador de Marruecos y en la pared: algunas imágenes al fondo del marco vaciado en el grueso de la madera. Así como los delicados ramos de Bhopavan, una camboyana que tardaba horas en confeccionarlos lo cual inquietaba mucho a Chanterelle. Pero, Shantidas, sereno, respondía: “es normal en su cultura principesca…”

Allá que entramos para la plegaria de la noche. Shantidas enfundado en su capa blanca enciende la vela. Pero justo antes de empezar, el silencio es roto por una voz cortante, martilleando cada sílaba: “cuando me encuentro en este hogar, toda mi sangre calvinista vuelve a emerger a la superficie, ¡y me invaden deseos iconoclastas!” En las sombras vacilantes de las velas, una gota de saliva irisada brilla en la punta del bigote de B. que acaba de expresarse. Un silencio plomizo se hace eterno. Al fin Shantidas abre la plegaria.

Sabíamos de B. y A. de vuelta de la India, con muchas preguntas. Tenían dos hijas pequeñas. Problema de adaptación así como de la autoridad no-violenta. Tras la plegaria, Shantidas subió a su habitación, convulso, me dijo Chanterelle. Acorralado y desafiado, pasó toda la noche agitado a fin de dar a luz a la quintaesencia de la enseñanza, formularla en palabras. A la noche siguiente, reunidos de nuevo en el hogar, Shantidas enciende la vela, se da la vuelta y dice imperioso: “salgamos todos”. – “Vaya, ahora se nos da órdenes?” pica la Perdix; y sordas protestaciones de los demás. “Pero, pero, pero…” Pierre murmuró: “acatemos primero, luego lo discutiremos”. Salimos pues. Un fuego de leña se alza delante del mirador. “Poneos en círculo todos y daos la mano”. Más bien sorprendidos… Y, grave, Shantidas lanzó: “Estamos todos de paso, peregrinos…”
La llama subió y brotaron las palabras inspiradas que hoy conocemos y recitamos cada noche; otras palabras también se perdieron, volaron con las chispas. “De ahora en adelante, dijo, será la Plegaria común del Arca (¡que a veces soltamos!) Cada cual podrá luego, libremente, seguir su tradición y sus plegarias. “Pues el tiempo ha llegado de adorar en verdad y en espíritu…”. Este episodio muestra los titubeos propios de una fundación creadora. Nada viene dado ya hecho.

Apéndice: B. y A. se fueron. El iconoclasta, ¡oh sorpresa!, convertido en ortodoxo, es un excelente pintor de iconos. Misterio de los caminos interiores. Nos reencontramos en toda amistad años después, aquella “plegaria del fuego” les había chocado, inconscientes de haberla provocado. B. me confesaba que su intención en aquella ocasión fue la de ayudar a L., la única protestante de entonces, en un ambiente tan católico. ¡Felix culpa!

Sacristana(1)

La campana toca las diez. ¿Ya? La Responsable del Hogar y de su neutralidad (¡relativa!), la sacristana, se apresura. Una misa se celebró ayer noche de improviso y no pudo desnudar el altar al tener que asumir a la vez el fregado de los platos y sus cuatrocientos golpes (del bombeo del agua). Hoy, jueves, día consagrado a los budistas. Aquí llega nuestra vietnamita (mutilados sus pies en la guerra). – “Disculpa Bhui (Bhui es impronunciable. Su verdadero nombre que significa “perfume” tiene un sonido evanescente: hum…). Espera un momento fuera, que pronto ordeno las cosas”. – “No importa”, contestó con esa voz de flores. Entra, se arrodilla sobre un cojín y mientras van llegando unos y otros, enciende tres barritas de incienso. “Bendigo primero las direcciones del espacio, y ahora rezo en mi tradición.” Y salmodió (sin traducción): « Klimg, klong, klang, kling… » Un tintineo de campanitas encantador, un rumor de arroyo. Indiferente al marco y a su simbólica que por otro lado respetaba.
¡Cuán sencillo parecía todo en esta tradición!, resulta a veces tan espinoso en la nuestra de cristianos divididos… Esto obligó a Sacristana a surfear sobre lo cultural, lo sensible y a convertirse en Filigrana en la práctica.
Medítese: “Al día siguiente por la mañana, todavía muy de noche, se levantó, salió y se fue a un lugar desierto y allí hacía oración” Marcos (1,35)
“En este tiempo salió al monte para hacer oración, y pasaba la noche orando a Dios” Lucas (6,12)
(1) “sapristine” dice La Caille en francés pero es un juego de palabras intraducible basado en la similitud de las palabras “sacristie” (sacristía) y “sapristi”, una interjección equivalente a “caramba”, “caracoles”.

La pizza

La cantidad de personas para una visita o una inmersión en nuestra comunidad iba en aumento y esto generaba un problema cuando comíamos en el interior. En el patio, bastaba con los caballetes. Las dos mesas juntas del comedor no podían acoger a todos aquellos que sin embargo se apretujaban sobre los bancos. ¿Dónde hallar más asientos? Las más veces comíamos de pie, el plato en la mano, detrás de nuestros visitantes. Aquella fiesta de Santa Marta (la fiesta de las muchachas) coincidía con el aniversario de bodas de A.. Nos propuso prepararnos una comida india (pues vivió en la India). Nos gustó la idea. Se vació la sala y en el centro, sobre el piso, un motivo de bienvenida pintado con cal. Entramos. Algunos se habían vestido con auténticos saris. El de Madre era vaporoso, color libélula, un regalo de Shantidas. Los nuestros eran improvisados mal que bien con sábanas, manteles, cortinas, retales. ¡El conjunto quedaba muy indio! Nos sentamos sobre las esteras, con las piernas cruzadas o en medio loto. Una campanilla en el tobillo anuncia la llegada de A., cabello negro y sari púrpura. Trae el plato de arroz, seguida por unas niñas trajeadas acarreando cuencos con distintas salsas especiadas y sus cucharoncitos. ¡Qué lujo! Nos sirven con elegancia…y tener un sitio sin desplazarse…¡qué relajación! ¡Es sublime! Ya no me acuerdo de Shantidas y Chanterelle durante esta fiesta (queda tan lejos… ¡cincuenta años!) Pero se terminó con: “¿Os ha convencido la experiencia? Finalmente es muy gandhiana, adoptémosla”. Se adoptó casi con unanimidad el comer sobre las esteras.